Define DF

Empecemos con imágenes. Lo que acabas de ver pudo haber sucedido en cualquier ciudad; sin duda en muchas otras ocurren cosas similares a lo largo del día. Sin embargo estos cuadros, que pudieron haber sido tomados ayer u hoy, fueron totalmente diferentes hace cinco años y también lo serán en cinco más. Todos los lugares en donde ocurren cambiarán y no sólo a causa de las transformaciones ingénitas del tiempo. Algo esencial en ellas se modificará, el limo que las recubre adquirirá nuevos colores, algunos más brillantes, otros –imposible evitarlo– se desvanecerán en gris. El cambio es natural, pero aquí no sólo el recubrimiento de las imágenes se modifica, cambia la actitud de los ojos que observan y con eso la imagen misma, pero, sobre todo, cambia el terreno del que beben su esencia.

Aquél que llega a México se sorprende. Ya no es “la región más transparente del aire” de Humboldt o la Ciudad de los Palacios. Ahora es una ciudad mutante, un monolito de piedra, gris pero majestuoso e inasible en su extensión. Un monstruo que, insaciable, devora los pueblos y municipios que lo rodean y que por las noches emite suficiente luz para verse desde Puebla. No tiene cara al exterior, ya no es el desierto con cactus y burros que nunca fue o la ciudad de la vida nocturna, de perdición e ingenuidad, que Uruchurtu exterminó. No tiene ya un hado fatídico sobre ella como en las películas del nuevo cine mexicano ni es una marca registrada para divertimento de yuppies. En realidad tiene muchas rostros, algunos cubiertos con máscaras deformes, con engañosas representaciones de sí; otros son rostros dulces que imitan la forma en que le gustaría verse. Todos son falsos. La ciudad tiene muchos rostros y cientos de máscaras pero ningún perfil definido.

El DF no es un organismo integrado y congruente, sus múltiples fragmentos evocan pequeñas ciudades, aledañas pero independientes, con identidades propias, tradiciones y ritmos; como si cada código postal fuera un entorno distinto con reglas particulares. Y no es que no haya diversidad al interior de cada uno de estos espacios: en ocasiones las actitudes y personalidades de toda la ciudad conviven en el mismo lugar pero en dimensiones independientes. No hay ya donde encontrar la ciudad convulsa de Salvador Novo o aquella de la época de oro del cine mexicano; esas representaciones se antojan hoy imaginarias –idílicas, estén o no restringidas por la prisión semántica de la romantización–. El caos ha sobrevivido pero la unicidad, como un espejo quebrado, se ha multiplicado en innúmeros reflejos. Algunos tienen imágenes similares pero ninguno conserva la totalidad. Tampoco existe ya la ciudad de los beats, sea el infierno de Burroughs o el paraíso de Kerouac, en donde la palabra gracias suena a cielo. ¿Cómo, entonces, definir la ciudad?

Cualquier intento por plasmarla definitivamente ha fallado. Nosotros no contamos con una Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin o con una Rayuela de Cortázar, que desde el exilio latinoamericano define a París. Estas ciudades se han modificado dramáticamente desde que esas novelas se escribieron, pero hay algo en su esencia que permanece, que las hace reconocibles y define aún el lugar en donde ocurren. Las novelas de la ciudad de México (Novela como nube de Gilberto Owen o La región más transparente de Carlos Fuentes) nos hablan ahora de otra ciudad que poco tiene que ver con la nuestra.

Quizá la salvación de nuestros intentos por definir la ciudad se encuentre en la crónica, ese género que busca preservar el instante sin negar su fugacidad; es más, que se alimenta de ella para darle vida. Carlos Monsiváis y Salvador Novo han sido dos de nuestros más grandes cronistas pero sólo son los últimos exponentes de una larga lista que se extiende hasta la conquista con la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y tiene como puntos nodales a Balbuena con su Grandeza mexicana, a Carlos de Sigüenza y Góngora durante la colonia y a Manuel Payno en el siglo XIX, por nombrar unos cuantos.

¿Por qué negar esta indefinición? Abracémosla, mejor, como la característica primordial de la ciudad. Definamos a México en negativo, como a Dios: a partir de lo que no es. Concentrémonos, desde múltiples perspectivas, en sus muchos puntos de fuga. Veamos los árboles y no el bosque, convencidos de que sólo conociendo bien cada pliegue en la corteza de cada árbol tendremos una idea de cómo es realmente su totalidad. Aunque nunca deje de crecer y cada día tengamos que volver a empezar.

Ésta es la intención de Hotel Garage Cultura, encontrar la voces y miradas que plasmen los fragmentos de la ciudad, cuyo centro recida en una imagen consciente de su propia fugacidad: una imagen cambiante y dialéctica. Hagámonos amigos del caos y atravesemos este desmadre, coleccionemos crónicas de los instantes de nuestra urbe, mapéemos su cuerpo geográfico sin discriminar lo pop de lo clásico o la alta cultura de la baja. Detengámonos para contemplar estos fragmentos, pues los ejes no son los caminos sino todos los puntos que recorren.

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